Manuel Domínguez.

Director general de ASPAPEL. 

Hay sectores que llevan años demostrando que se puede producir, generar empleo y crecer sin vivir permanentemente a crédito del planeta. Uno de ellos es la industria que fabrica celulosa y el papel en España.

El sector papelero ante el día del sobregiro de la Tierra
Foto de Pop & Zebra en Unsplash

Cada verano hay una fecha que pasa desapercibida para la mayoría, pero que dice mucho sobre la relación que mantenemos con el planeta. Es el día en que la humanidad agota todos los recursos naturales que la Tierra es capaz de regenerar en un año. Este 2026, según la organización Global Footprint Network, esa fecha simbólica se sitúa en torno al 30 de julio. A partir de ahí vivimos, literalmente, en déficit. Gastamos más de un planea y medio –1,73, para ser exactos– pero solo disponemos de uno.

Nadie discute que hace falta un cambio de rumbo. Pero ¿cómo compatibilizamos esto con el crecimiento económico y el bienestar que necesitamos? Hay sectores que llevan años demostrando que se puede producir, generar empleo y crecer sin vivir permanentemente a crédito del planeta. Uno de ellos, con datos que lo avalan, es la industria que fabrica celulosa y el papel en España.

Toda actividad industrial depende, en mayor o menor medida, de recursos que se encuentran en la naturaleza. Ninguna fábrica funciona sin materias primas o energía. Y cuando estos escasean, se encarecen o dependen de países con tensiones geopolíticas, el reto deja de ser ambiental para convertirse en un problema de autonomía estratégica. Por eso Europa ha puesto la sostenibilidad en el centro de su estrategia industrial. No por estética, sino porque de ella depende buena parte del futuro productivo del continente.

Ahí entran en juego la economía circular y la bioeconomía. Dos enfoques que caminan de la mano y persiguen desenganchar el crecimiento económico de los combustibles fósiles, apostando por materias primas renovables y manteniendo los materiales el mayor tiempo posible dentro del sistema productivo. Y, cada vez con más fuerza, demuestran ser la salida.

Pocos sectores encarnan esta idea tan bien como el papelero: parte de una materia prima renovable, la madera, que transforma en productos con varias vidas gracias al reciclaje. Además, actúa como proveedor estratégico de soluciones fabricadas en Europa que ya sustituyen materiales de origen fósil en infinidad de productos esenciales de uso diario. No es una promesa de futuro. Es una industria que ya funciona así, desde hace muchos años.

Empezando por la circularidad, el sector papelero español tiene motivos para presumir. Somos uno de los países líderes de Europa en reciclaje de papel y cartón, y no por azar. Durante décadas hemos construido un sistema de recogida eficiente y contamos con una industria capaz de reciclar todo el papel y cartón que consumimos. En 2025, las fábricas papeleras reciclaron más de 5 millones de toneladas de papel recuperado, elevando la tasa de reciclaje al 81%.

Pero esta cadena no empieza a ser sostenible cuando el producto se recicla, sino mucho antes, en el bosque. La industria papelera depende directamente de la buena gestión de los montes y, por ello, vuelca importantes esfuerzos en su gestión activa. En España, la madera que llega a los centros de producción para fabricar celulosa procede de plantaciones certificadas, bien gestionadas y, en un 90%, nacionales. Esta demanda funciona como incentivo para cuidar el territorio. Una plantación que genera ingresos es una plantación que alguien tiene interés en cuidar. Así que, frente al mito de que fabricar papel destruye bosques, la realidad va justo en sentido contrario. Consumir papel ayuda a que nuestros montes se cuiden mejor.

El compromiso con la sostenibilidad del sector papelero también está presente en cada decisión que afecta al proceso productivo. Entre 2020 y 2025, el sector ha reducido sus emisiones de CO2 un 30%, incluso produciendo más, apostando por la biomasa y el biogás como combustibles y generando internamente buena parte de la energía que consume. Esto prueba de que descarbonizar y seguir produciendo no son objetivos enfrentados. En 2025, las empresas papeleras de nuestro país destinaron 43,6 millones de euros a proyectos de descarbonización, lo que convierte al sector papelero en la industria manufacturera que más invierte en este ámbito en proporción a su facturación. Una apuesta que también se refleja en la valorización de los residuos del proceso y en una gestión cada vez más eficiente del agua. Dos piezas más de esa misma senda hacia la excelencia ambiental.

La sostenibilidad tiene también una dimensión social. La industria papelera genera 17.600 empleos directos y cerca de 88.000 indirectos, con una presencia destacada en zonas rurales y semiurbanas, donde ayuda a fijar población y generar oportunidades. Sus centros de producción crean puestos de trabajo estables allí donde no siempre es fácil encontrarlos.

En el sector papelero no partimos de cero, partimos de un modelo que demuestra que es posible convertir la sostenibilidad en un vector de crecimiento. Para consolidar este camino hacen falta políticas que acompañen este esfuerzo: proteger el sistema de reciclaje que funciona, favorecer la gestión activa de nuestros montes, acompañar las inversiones que requiere el proceso de descarbonización. Es apostar por lo que ya ha demostrado resultados.

Los ciclos de la naturaleza no admiten prórrogas. Si consumimos más de lo que el planeta puede regenerar, el déficit no deja de crecer. Pero dentro de ese ciclo hay margen para decidir cómo producimos, qué materiales elegimos y qué huella dejamos. La industria pastero-papelera lleva décadas recorriendo ese camino. Y ese ejemplo, multiplicado por más sectores, es lo único que puede hacer que dejemos de vivir por encima de los límites del planeta.

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