Varios investigadores advierten de que la falta de métodos estandarizados sobre la presencia de microplásticos en órganos humanos y su impacto sobre la salud puede generar conclusiones prematuras y alarmismo social.

microplásticos
Microplásticos. Foto: Florida Sea Grant (cc)

Un grupo de investigadores de varias universidades europeas ha alertado sobre el riesgo de que la investigación en microplásticos y salud humana derive en conclusiones sensacionalistas si no se apoya en evidencias científicas sólidas, reproducibles y obtenidas mediante metodologías rigurosas. En un artículo reciente publicado en Nature Medicine, los expertos subrayan la necesidad de reforzar la colaboración científica y la estandarización de métodos para comprender el impacto real de estas partículas en el organismo humano.

Las investigadoras reconocen que los micro y nanoplásticos —fragmentos de plástico de tamaño inferior a un grano de arena— están ampliamente presentes en el medio ambiente y que la exposición humana a estas partículas a través del aire, el agua y los alimentos es una realidad. Sin embargo, advierten de que el salto desde esta constatación hasta afirmar que los microplásticos se acumulan en órganos humanos en concentraciones elevadas y con efectos nocivos no está, por el momento, respaldado por pruebas científicas concluyentes.

El artículo pone como ejemplo un estudio ampliamente difundido que afirmaba haber detectado altas concentraciones de microplásticos en tejido cerebral humano y que posteriormente ha sido objeto de críticas por parte de la comunidad científica. Entre las principales objeciones se señalan posibles problemas metodológicos, como la ausencia de controles adecuados frente a la contaminación y el uso de técnicas analíticas que podrían confundir lípidos naturales con polímeros plásticos, dado que ambos comparten estructuras químicas basadas en cadenas de carbono.

Según los investigadores, este tipo de limitaciones técnicas es especialmente relevante en tejidos ricos en grasa, donde el riesgo de falsos positivos es elevado. En este contexto, defienden que el escepticismo no responde a una negación del problema, sino a una exigencia básica del método científico: validar los resultados antes de extraer conclusiones de gran alcance.

Eugenia Valsami-Jones e Iseult Lynch, profesoras de la Universidad de Birmingham, en Reino Unido, y coautoras del artículo, subrayan que la investigación en microplásticos es un campo emergente, con un rápido crecimiento y un alto interés mediático, pero que aún carece de protocolos estandarizados, materiales de referencia certificados y prácticas comunes entre laboratorios. Esta situación, señalan, puede verse agravada por la presión por publicar resultados llamativos, lo que incrementa el riesgo de generar mensajes alarmistas basados en datos poco robustos.

Las autoras recuerdan que la ciencia desempeña un papel clave en la elaboración de políticas públicas y recomendaciones de salud, por lo que la difusión de resultados inciertos puede erosionar la confianza social en la investigación. A su juicio, titulares que anuncian la presencia de plásticos “incrustados” en órganos humanos, sin una base metodológica sólida, pueden generar alarma injustificada y dificultar un debate informado sobre los riesgos ambientales reales.

El artículo insiste en que reconocer la incertidumbre no equivale a restar importancia al problema. Aunque la exposición humana a microplásticos es indiscutible, todavía se desconocen aspectos fundamentales como las concentraciones relevantes, el comportamiento de estas partículas en los tejidos, su interacción con las células o la capacidad del organismo para eliminarlas o aislarlas.

Ante este escenario, las investigadoras reclaman inversiones en mejores técnicas analíticas, diseños experimentales más robustos y una comunicación científica más transparente. Solo a través de un esfuerzo colaborativo y basado en la evidencia, concluyen, será posible determinar con fiabilidad si los microplásticos representan un riesgo significativo para la salud humana y, en ese caso, orientar de forma responsable las decisiones regulatorias y de política pública.

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