La iniciativa transforma los residuos procedentes de asentamientos informales en biofertilizante, con el objetivo de mejorar el saneamiento, reducir la contaminación y apoyar la agricultura local.

Un proyecto desarrollado en Kisumu, Kenia, está explorando el uso de excrementos humanos tratados como materia prima para la producción de fertilizantes agrícolas, en una iniciativa que combina gestión de residuos, saneamiento y economía circular. El trabajo está liderado por investigadores de la Universidad de Cornell (EE.UU.), en colaboración con universidades y organizaciones locales africanas.
Kisumu es una ciudad situada a orillas del lago Victoria, donde coinciden varios problemas ambientales y sociales: degradación de los suelos agrícolas, elevados costes de fertilizantes y deficiencias en las infraestructuras de saneamiento de los asentamientos informales. Estas carencias provocan que parte de las aguas residuales y excretas sin tratar terminen en el lago, con impactos sobre la salud pública y los ecosistemas acuáticos.
El proyecto plantea utilizar esos residuos orgánicos para producir un fertilizante denominado KIYA Gold. Para ello, los excrementos recogidos en sanitarios instalados en barrios informales son transportados a una planta de tratamiento, donde se secan y se transforman en biochar mediante un proceso de pirólisis que elimina patógenos. La orina, por su parte, es esterilizada y estabilizada químicamente antes de mezclarse con el biochar para generar el fertilizante final.
Según los responsables del proyecto, el objetivo es crear ciclos locales de aprovechamiento de nutrientes y reducir simultáneamente la contaminación ambiental y la dependencia de fertilizantes sintéticos. Las primeras pruebas realizadas indican que el producto ofrece resultados comparables a los fertilizantes convencionales en términos de crecimiento vegetal, además de aportar carbono estable al suelo, lo que puede contribuir a mejorar su calidad a largo plazo.
“Si podemos utilizar estos excrementos para fabricar fertilizante, podemos ampliar el saneamiento, mejorar la salud pública y reducir la cantidad de nutrientes y patógenos que llegan al lago”, señala Rebecca Nelson, profesora de la Universidad de Cornell.
El proyecto involucra a redes de agricultores de varios condados kenianos, incluidos cerca de un millar de productores vinculados a la organización Kisumu Young Agripreneurs (KIYA). Sus impulsores señalan que el elevado precio de los fertilizantes comerciales limita actualmente la productividad agrícola de muchos pequeños agricultores de la región.
“Con esta solución estamos ayudando a los jóvenes agricultores a mejorar su rentabilidad y, al mismo tiempo, protegiendo el medio ambiente y el lago”, afirma Roy Odawa, director de KIYA.
Los investigadores destacan también que el modelo busca responder de forma conjunta a varios desafíos relacionados entre sí, como la gestión de residuos, la salud pública, la fertilidad del suelo y la contaminación de las aguas.
“A partir de materiales bastante desagradables obtenemos un producto útil, seguro y beneficioso”, añade Nelson sobre el fertilizante desarrollado en el proyecto.
No obstante, el equipo reconoce que todavía existen cuestiones técnicas y regulatorias pendientes antes de ampliar la escala del proyecto. Entre ellas figuran los análisis sobre posibles contaminantes como metales pesados, sales, microplásticos o restos químicos, así como la obtención de autorizaciones oficiales para comercializar el producto a mayor escala.
La iniciativa forma parte de una línea de investigación orientada al desarrollo de sistemas de “bionutrientes circulares”, basados en la valorización de residuos orgánicos para su reincorporación a ciclos productivos locales.







