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Javier Dominguez, presidente de SogamaJavier Domínguez.

Presidente de Sogama.

La falta de espacio en el hogar, la comodidad, el desconocimiento, la desidia o la desconfianza hacia el sistema alimentan en muchos casos el listado de excusas a las que los ciudadanos nos aferramos para no dar cumplimiento a una conducta cívica de primera magnitud: separar para reciclar.

41.000 toneladas de textil llegan cada año a Sogama en la bolsa negra cuando deberían haber sido depositadas en los contenedores específicos de ropa para garantizar su posterior reutilización y reciclado. 14.700 toneladas de materiales como acero, aluminio y vidrio incrementaron el año pasado el peso de la bolsa negra (fracción resto recogida a través de los contenedores verdes convencionales) que los ayuntamientos entregaron en Sogama cuando deberían haber sido introducidos en otros recipientes y remitidos directamente a la industria transformadora.

Afortunadamente, en el complejo industrial de Cerceda disponemos de tecnología adecuada que nos permite seleccionar estos residuos susceptibles de ser reciclados con un alto grado de eficiencia y devolverlos al circuito comercial con una nueva vida, pero lo cierto es que todo sería mucho más sencillo, más útil, más eficaz, más productivo y, sobre todo, más barato, si cada cosa se depositase en el contenedor adecuado: la lata en el amarillo, el papel en el azul, el tarro de mermelada en el iglú verde, el pañal en el verde genérico, el aceite en el punto limpio…

Algo aparentemente tan fácil y sencillo, se torna en difícil y complicado. La falta de espacio en el hogar, la comodidad, el desconocimiento, la desidia, la desconfianza hacia el sistema alimentan en muchos casos ese listado de excusas a las que los ciudadanos nos aferramos para no dar cumplimiento a una conducta cívica de primera magnitud: separar para reciclar. Separar para vivir mejor. Separar para tener un futuro sostenible. Separar para disfrutar de un entorno más saludable.

Modificar nuestros hábitos y comportamientos, superar ciertas reticencias, abrirse a la colaboración y, sobre todo, entregarnos a la solidaridad, constituyen ingredientes que, no sólo contribuirán a hacer nuestra vida más confortable, sino que conseguirán hacernos mejores como personas.

Poner orden implica establecer rutinas que, una vez incorporadas a nuestros quehaceres cotidianos, finalmente no supondrán apenas esfuerzo. Con un poco de interés, con un mínimo de tesón y con una buena dosis de ilusión, sin lugar a dudas, lo difícil se convertirá en fácil.

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