El proyecto del Instituto Químico para la Energía y el Medioambiente impulsa una tecnología basada en sodio y azufre que valoriza residuos agrícolas y alcanza hasta 1.000 ciclos de carga

Cáscaras de pistachos para fabricar baterías sostenibles
Los autores de la investigación en la UCO, Azahara Cardoso y Omar Saad

Un equipo de investigación de la Universidad de Córdoba ha logrado transformar un residuo agrícola en un recurso clave para el almacenamiento energético. A partir de cáscaras de pistacho, los científicos han desarrollado un material que permite fabricar baterías más sostenibles, eliminando la necesidad de litio y de metales críticos como el cobalto, el níquel o el cobre.

El avance se enmarca en las líneas de investigación del Instituto Químico para la Energía y el Medioambiente (IQUEMA), centradas en la búsqueda de alternativas a las baterías convencionales de ion-litio. En este caso, la tecnología se basa en la combinación de sodio y azufre, elementos abundantes y de menor impacto ambiental, con el objetivo de reducir costes y dependencia de materias primas estratégicas.

La clave del desarrollo reside en el uso de carbón activado obtenido a partir de cáscaras de pistacho, un subproducto cuyo volumen ha crecido de forma significativa en los últimos años debido al auge del cultivo. Según el equipo investigador, este material actúa como conductor en las baterías y presenta ventajas como una síntesis sencilla, escalable y con bajo consumo de reactivos químicos.

Los resultados, publicados en la revista Chemical Engineering Journal, muestran además una mejora relevante en el rendimiento: las baterías alcanzan hasta 1.000 ciclos de carga y descarga, una cifra destacada dentro de las tecnologías sostenibles basadas en sodio y azufre.

El trabajo se integra en el proyecto SuperNaS, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, y liderado por investigadores de la institución cordobesa. La iniciativa busca avanzar en el desarrollo de sistemas de almacenamiento energético de altas prestaciones para aplicaciones como el transporte eléctrico y la integración de energías renovables.

Este avance ilustra el potencial de la economía circular aplicada al sector energético, al convertir residuos agrícolas en materiales de alto valor añadido y contribuir a una transición hacia tecnologías más limpias y sostenibles.

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