Un estudio internacional confirma la ingestión de partículas plásticas por Belgica antarctica un mosquito del tamaño de un grano de arroz y el insecto más austral del planeta, lo que a juicio de los investigadores evidencia hasta qué punto la contaminación plástica se ha extendido por el planeta.

Un equipo internacional liderado por investigadores de la University of Kentucky (EE.UU.) ha comprobado que el único insecto nativo de la Antártida ya está ingiriendo microplásticos, incluso en una de las regiones más remotas del planeta.
El estudio, publicado en la revista científica Science of the Total Environment, es el primero en analizar cómo afectan los microplásticos a un insecto antártico y en documentar la presencia de fragmentos plásticos en ejemplares capturados en estado silvestre.
La investigación fue dirigida por Jack Devlin, quien inició el trabajo en 2020 como parte de su doctorado antes de trasladarse a Escocia para trabajar como ornitólogo marino. Según explicó, el proyecto surgió tras ver un documental sobre contaminación por plásticos.
“Ver aquella película me dejó atónito”, afirmó Devlin. “Empecé a leer sobre los efectos del plástico en los insectos y pensé: ‘Si el plástico está apareciendo en todas partes, ¿qué pasa en lugares remotos como la Antártida?’”.
Un insecto extremo frente a un contaminante emergente
El protagonista del estudio es Belgica antarctica, un mosquito no picador de apenas cinco milímetros —similar en tamaño a un grano de arroz— considerado el insecto más austral del planeta y el único exclusivo de la Antártida.
Sus larvas habitan zonas húmedas de musgos y algas en la península Antártica, donde pueden alcanzar densidades cercanas a los 40.000 individuos por metro cuadrado. Allí desempeñan un papel clave en la descomposición de materia vegetal y el reciclaje de nutrientes en el suelo.
Devlin describe a la especie como “poliextremófila”, capaz de resistir frío intenso, desecación, altas concentraciones salinas, grandes oscilaciones térmicas y radiación ultravioleta. “La gran pregunta era si esa resistencia les protege frente a un nuevo factor de estrés como los microplásticos o si, por el contrario, los hace vulnerables a algo a lo que nunca se han enfrentado”, explicó.
Aunque la Antártida suele considerarse un entorno prístino, investigaciones previas han detectado fragmentos plásticos en nieve fresca y en las aguas circundantes. Si bien las concentraciones son inferiores a las de la mayoría de regiones del mundo, las corrientes oceánicas, el transporte atmosférico a larga distancia y la actividad humana asociada a bases científicas y buques siguen introduciendo plásticos en el continente.
Ensayos experimentales y efectos energéticos
El equipo sometió a las larvas a distintas concentraciones de microplásticos en laboratorio. De acuerdo con los resultados, la supervivencia no disminuyó ni se observaron cambios en el metabolismo básico, incluso en los niveles más altos de exposición.
“Incluso con las concentraciones más altas de plástico, la supervivencia no disminuyó”, señaló Devlin. “Su metabolismo básico tampoco cambió. A primera vista, parecía que estaban bien”.
Sin embargo, análisis más detallados revelaron un coste fisiológico: las larvas expuestas a mayores niveles de microplásticos presentaron menores reservas de grasa, mientras que los niveles de carbohidratos y proteínas se mantuvieron similares.
Devlin considera que la baja tasa de alimentación a temperaturas reducidas y la complejidad natural del suelo podrían limitar la cantidad de plástico ingerida. Debido a las dificultades logísticas del trabajo en la Antártida, el periodo de exposición experimental se limitó a diez días, por lo que serán necesarios estudios a más largo plazo para comprender mejor los posibles impactos.
Presencia confirmada en ejemplares silvestres
En una segunda fase, el equipo analizó si las larvas en libertad ya estaban ingiriendo microplásticos. Durante una campaña científica en 2023 a lo largo de la península Antártica occidental, se recolectaron muestras en 20 puntos de 13 islas.
Para examinar el interior de las larvas, Devlin colaboró con la experta en microplásticos Elisa Bergami, de la Universidad de Módena y Reggio Emilia (Italia), y con Giovanni Birarda, especialista en imagen del centro de investigación italiano Elettra Sincrotrone Trieste. Mediante sistemas capaces de identificar la “huella química” de partículas de hasta cuatro micrómetros —muy por debajo del umbral de visión humana— analizaron 40 ejemplares y hallaron dos fragmentos de microplástico.
Aunque la cifra pueda parecer reducida, el investigador lo interpreta como una señal de alerta temprana. “La Antártida sigue teniendo niveles de plástico mucho más bajos que la mayor parte del planeta, y eso es una buena noticia”, afirmó. “Nuestro estudio sugiere que, por ahora, los microplásticos no están inundando estas comunidades del suelo. Pero ya podemos decir que están entrando en el sistema y que, a niveles suficientemente altos, empiezan a alterar el equilibrio energético del insecto”.
Dado que la especie no tiene depredadores terrestres conocidos, el plástico ingerido probablemente no ascienda significativamente en la cadena trófica. No obstante, preocupa lo que pueda ocurrir si las larvas, que pueden desarrollarse durante dos años, continúan ingiriendo microplásticos en un contexto de calentamiento y mayor desecación.
Una señal del alcance global de la contaminación
Para Devlin, los resultados evidencian hasta qué punto la contaminación plástica se ha extendido por el planeta. “Todo empezó porque vi un documental y pensé: ‘Seguro que la Antártida es uno de los últimos lugares que no tienen que lidiar con esto’”, explicó. “Luego vas allí, trabajas con este increíble insecto diminuto que vive donde no hay árboles, apenas plantas, y aun así encuentras plástico en su intestino. Eso demuestra lo extendido que está el problema”.
El equipo prevé seguir monitorizando los niveles de microplásticos en los suelos antárticos y desarrollar experimentos de mayor duración y con múltiples factores de estrés sobre Belgica antarctica y otros organismos del suelo.
“La Antártida nos ofrece un ecosistema más simple para plantear preguntas muy concretas”, concluyó Devlin. “Si prestamos atención ahora, quizá podamos aprender lecciones que vayan mucho más allá de las regiones polares”.







